pag

miércoles, 1 de mayo de 2013

La Cebolla Interuniversal




La Cebolla Interuniversal


Esto que les voy a contar, trata sobre mis recientes, o debería decir antiguas experiencias con los súper poderes. Todo esto ocurrió… va a ocurrir dentro de unos cuantos de años.
Resulta que en aquel momento yo era un pibe común y corriente, mi vida no era más interesante que la tuya o la de tu vecino (a menos que tu vecino practique deportes extremos), mis días se limitaban a los percances y las alegrías cotidianas, al estudio, al añoro, a la música, al chocolate. Pero todo cambió cuando decidí, por capricho, comer cebolla.
Sí, cebolla, cruda, entera, darle un mordisco a la cebolla. ¿Por qué se me ocurrió esa desbaratada idea? no lo sé, pero lo hice, y gracias a eso descubrí este poder.

Verán, así como la cebolla tiene sus capas, el tiempo y el espacio se construyen de manera similar, en realidad todo lo que existe por debajo y arriba de este preciso momento, son capas, capas y capas de tiempos relativos y paralelos a este, todas concatenadas y direccionadas unas a otras, cada capa es un momento en una desencadenación específica de resultados lumínico-dinámicos, pero bueh, no los voy a complicar tanto con los tecnicismos, la cuestión es que al morder una cebolla, y comerme unas cuantas de sus capas, logro atravesarlas, y saltar de una capa a otra, de un tiempo a otro, y comerme en sí, al tiempo. Las cebollas me permiten trasladarme de un tiempo a otro, pero lamentablemente también, de un resultado dinámico a otro.

¿Qué quiere decir esto?
Que sí, genial, me como una riquísima cebolla (con el tiempo les tomé el gustito), pero no tengo poder de decisión absoluto sobre en qué tiempo, y sobre todo, en qué dimensión me piensa dejar, la cebolla me puede dejar en una dimensión resultado donde, por ejemplo, Cristóbal Colon no haya colonizado América, y el resultado sería que nada de lo que conozco existiría de la forma tal y como hoy existe, por lo tanto puedo terminar en cualquier verdura, irónicamente, porque como verán, la noción de tiempo de un astronauta de la cebolla, es muy distinta a la conocida por cualquiera, el tiempo no sólo va para atrás o para adelante, sino que sube y baja, rota y crece, y se achica, y te hace los ojos llorosos.

Esta capacidad auto-descubierta, este poder increíble, sin embargo, me ha traído muchas desventajas a lo largo del tiempo, o del espacio, o… en fin, mi relación con las mujeres ha sido desastrosa. Es que, como se imaginarán, mi particular aliento espanta cualquier libido, y esto no puedo evitarlo, necesito comerme una cebolla entera para poder viajar de aquí para allá.
En una época decidí dejar la cebolla y convertirme en alguien responsable, ya saben, asentar campamento, vivir una época, quedarme donde estaba, pero el intento resultó todo un fracaso, es que estaba en los años ’70, en un universo paralelo, donde la madre de Bob Dylan había muerto de joven atragantada por una semilla de girasol, y Bob nunca había nacido, esto desencadenó brevemente en que la música del momento no era para nada agradable a mis oídos. Definitivamente, aprendí mucho sobre influencias musicales en la historia gracias a mis viajes, así que en cuestión, no pude soportar un mundo sin mi movida musical, decidí irme.

28 cebollas después de eso, conocí a esta chica, Hcutgfadtrh, una chica hermosa, a pesar de su nombre, resulta que en este resultado dimensional, en esta realidad paralela que estaba visitando, no se había llegado nunca en la historia a descubrir la fonética natural, la gente hacía esfuerzos inmensos para poder hablar entre consonantes, y por lo tanto, las personas y las cosas eran prácticamente impronunciables.
Hcutgfadtrh era una mujer muy interesante, le encantaba el Gfrrk (Jazz) y sabía tocar diariamente el bfeshooxc (saxofón), pero lo que más me atraía de ella era su tremenda Jrsupuss (capacidad intelectual), teníamos visiones de la vida muy parecidas, y a ella para nada le molestaba mi aliento a cebollas frescas. Por las tardes solíamos musicalizar nuestras ideas y plasmarlas en grabaciones, y un fin de semana cada tanto, íbamos al bar del centro, el Wiitdmrbrs, y las interpretábamos para el público. Nos gustaba salir al patio en las noches y marcar dibujos sobre la superficie de la luna con nuestros rayos de ultra protones, ya que en esta realidad, los rayos de ultra protones de alto alcance venían incorporados en cada teléfono celular.
Fue una época muy linda mientras duró, pero con el pasar de los meses, se me tornó realmente difícil el contacto, me costaba mucho llamarla por su nombre, o por cualquier sinónimo o seudónimo de éste, y me costaba así también relacionarme con cualquier persona para cualquier tarea cotidiana, con el tiempo logré enseñarle a decir perro y servilleta.
Así y todo, supe mantener mi cordura en un mundo de garabatos impronunciables, y pude subsanar esto con el amor de Hcutgfadtrh. Hasta ese fatídico día…
Fuimos invitados a una cena por los 30 años de la primera PerrrGqrew (a decir verdad, no tengo idea qué es esto) de la ciudad, realmente una fiesta hermosa, gente muy buena e interesante, música y humoristas geniales, nunca les entendí un chiste, pero su sola gesticulación valía por ellos mismos, y la comida era riquísima… aaaah, la comida… desdichado día en que el cocinero del salón decidió agregarle cebolla deshidratada a esa salsa de atún y tomate con la que me preparé aquel sanguche.
Momentos después de ingerir el bocado, empecé a sentir de nuevo esa vieja sensación cebollosa de moverse a través del tiempo y el espacio. Sí, esa característica sensación llorosa del viaje interuniversal solitario que me aquejó alguna vez. Mi poder había tomado tanto vuelo, que el sólo hecho de ingerir un poco de aquella cebolla deshidratada, fue suficiente para transportarme automáticamente a una era distinta, en un espacio distinto, en un resultado distinto, y nunca más volví a verla…
Ahora me encuentro en esta realidad, 1981, quizá por suerte todo está en orden y tranquilo, no hay demasiadas rarezas dimensionales, sólo una peculiaridad, por alguna razón evolutiva o genética, las cebollas no existen.
Quizás sea una señal, quizá sea una manera del destino de demostrarme que éste era mi punto final, la llegada última, el último salto, éste era mi momento, mi hogar, ya no puedo viajar a través de las infinitas capas del universo, ya no puedo visitar a Vivaldi, o acompañar en una tocata a Shostakovich, o a los grandes músicos del espectralismo, o a Bohr, o a Einstein, o al Tato Bores, ya no voy a poder comerme unas facturas con Sábato ni jugar al tejo en la playa con Nick Drake, o debatir de peronismo con Engels. Pero tal vez así es como debía ser, por más infinito que el universo sea, el ser humano está altamente limitado, por sus propias capas de cebolla.

Ahora me voy, ya que tengo un concierto en pocos minutos. Es que, verán, no podía quedarme con las manos vacías, tomé ventaja sobre este último viaje mío, y teniendo en cuenta mis conocimientos sobre el futuro advertí  al tal John Lennon de su asesinato el año pasado, salvándole la vida, así que me despido y me voy, que los muchachos de Los Beatles (Los Porchis en esta realidad) ya me esperan detrás del escenario.
A veces uno se pregunta, qué es lo que nos hace llorar más, si las capas de una cebolla, o las propias que nos esconden.

FIN

-Nicolás Bella

lunes, 29 de abril de 2013

Sentirse Bemol




Sentirse bemol

Gracias a la tecla negra es que existo, es en el preciso momento en que nace la tecla negra que yo existo, y luego cuando la tecla negra se aclara y desvanece, ahí mismo muero, volviendo al limbo sórdido, junto con ella, que calla, y se duerme tan melódica. En ese silencio asesino, vacío, destripador de la risa, un azul más azul que el más húmedo de los cielos, es en donde se quiebra esa sintonía enervada junto con lo bueno en mí, un blanco planetario luna papel escrito en azul Urano.

Es que de otra manera sólo sería este polvo que resta, resultado de todos esos días que las olas rompen en la roca, polvo solo, seco, determinado, deteriorado, en un círculo que no significase nada jamás. Partículas de arena, sal.

La tecla negra me enlaza a todo eso, me inunda, como la gravedad, que atrae a los planetas, y permite que el sol queme sus pieles pálidas y tatúe sus personalidades, y así nazcan flores y plantas, pasto y peces, y hombres de arena, arenales, y mares de mujeres, océanos. Y que en algún momento uno de esos hombres ejecute esa tecla negra, y en ese momento, al menos por un instante de un momento, todo cobre sentido, y todo el conjunto de teclas negras, granos de arena, soles, océanos de lluvia de gotas de llora un hombre, espacios gravitacionales, azules casi infinitos, y tramas de los cielos, me permitan por fin derivarme al espacio sonoro exterior, infinito e implosivo, el lugar de no me importa nada más que esta tecla negra, cuánta belleza en una sola tecla, el lugar de, en este preciso momento, sólo me importa este piano gris que suena.

-Nicolás Bella

domingo, 24 de marzo de 2013

Serebro Cilábico




Serebro Cilábico

La mancha rodeaba toda la habitación, así como si estuviera esperando que todos la miren y griten desesperados, "¡qué fea mancha! lavala de vez en cuando". Pero la gente no gritó, ni siquiera bostezó o se vio perpleja de alguna manera.

Porque si él hubiese sabido esto, no lo hubiera hecho, el picahielos que nunca usó para picar hielo, estancado en su cabeza profunda, en su mar de maratones, de maremotos misteriosos, murmullando murallas de miedo, manipulando meros muertos monosilábicos en su mente moribunda.

Cuando se dio cuenta de que la mancha sangrienta salía sola, sin ser sucumbida, sólo sedada, la lobotomía del loco, los lobos ladrando lúdicos, lamentables, nadie reconoció sus palabras, él dijo que se había enterado, "había redescubierto en la práctica, en un experimento real, lo que Wittgenstein ya había demostrado teóricamente hace décadas: la imposibilidad de establecer una regla unívoca y ordenamientos naturales."

Ese descubrimiento lo llevó a la cordura total, totalmente despierto de cordura, al borde de sucumbir hacia la no realidad, el picahielos supo encontrar al lagrimal, no era muerte lo que esperaba, sino un nombre eterno, una mujer eterna en su lóbulo frontal, en su pálida esencia y la muerte, que lo espera.

Hubo una mancha de sangre en la alfombra, y un hombre intentando encontrar respuestas en su mente, ahora sin mente, ahora con un nombre, repitiendo eternamente su nombre, lobotomizado, sin encontrar la lógica ni la razón aparente.

“silenciosa, cauta deposición de la palabra sobre la blancura de un papel en el que no puede tener ni sonoridad ni interlocutor, donde no hay otra cosa qué decir que no sea ella misma, no hay otra cosa qué hacer que centellar en el fulgor de su ser. (...) Quien habla en su soledad, en su frágil vibración, en su nada, es la palabra misma – no el sentido de la palabra, sino su ser enigmático y precario” – Michael Foucault

Nicolás Bella

lunes, 18 de febrero de 2013

Explosiones en el calefón


Explosiones en el calefón


Esa noche me olvidé de poner en piloto el calefón, el calefón era uno muy antiguo, de esos empotrados en la pared, no tenía apagado automático ni ese tipo de seguridades para los hombres que necesitan seguridades en sus vidas inseguras.

También quedó la ventana a medio abrir, y esa noche hubo mucha tormenta y un viento de la puta que lo parió. Una correntada caótica, un soplo causal y platónico, logró apagar la llama del calefón.

En pocos segundos la sala y la cocina se llenaron de gases mortíferos, el piloto automático no existía en ese entonces, pero lo que estoy seguro que existió esa noche fue mi casa inflada de metano.

Esa noche me desperté precipitadamente a las cuatro de la madrugada, mi habitación, en la oscuridad de la noche, era tenuemente iluminada por la blanco-azulada radiación de la pantalla de la computadora, que había dejado encendida, también sonaban muy bajo unos discos de jazz que había dejado reproduciéndose en la compu.

Me percaté de que me había dormido leyendo, porque al incorporarme de la cama dejé caer de mi pecho al suelo el libro, éste golpeó boca arriba en el suelo y se cerró desdeñosamente, logrando dejar esa onda de viento fuerte y ruido particular que suelen tener los libros al cerrarse. Y creo que en ese momento sentí mucha angustia por haber perdido la cuenta de la página en la que había dejado mi lectura, pues no soy de usar un marcador (siquiera soy de leer libros), sino que suelo usar mi memoria, para recordar por dónde continuar leyendo. El problema era que ésta vez me había dormido sobre mi volátil memoria, y apenas tenía un vago recuerdo sobre los diálogos de Martin y Alejandra.

De todas formas, sentía que esa angustia que me sofocaba era más profunda, que no tenía su origen en esa banalidad del libro, sentía que una angustia me recorría desde el pecho a la punta de las orejas, pasando por el mentón, que se sentía cansado y falto de humor, y la garganta, que se sentía aislada, apretada, asfixiada por unas manos que ni siquiera lograban cubrirla del todo.

Es que esa noche sentía, o presentía, que una explosión fuerte se venía, presentía que iban a quemarse muchas cosas mías, tenía la sensación de que algo en mí se destruiría, resquebrajándose, como se resquebraja una manzana bañada en caramelo cuando es mordida, o como cuando se reduce a nada una nube de azúcar al saborearla entre el paladar y la lengua. Algo en mí se reduciría a nada.

Con hambre de madrugada, abrí la puerta de mi habitación, la cual de costumbre suelo cerrar de noche, y al caminar hacia la cocina no pude evitar respirar el aire envenenado, siempre tuve buen olfato para el gas, y sobre todo mis ojos, mis ojos se irritan de nada.

En ese momento perdí fuerzas, casi caigo sobre mis rodillas, y sentí que una náusea me rodeaba, como un sueño de paz eterno, el monóxido de carbono invitándome a acariciar el vacío, a doblegar el sufrir. Pero sentí que debía dejar de respirar, ese instinto me dejó despertar de nuevo, ese instinto me permitió pararme y actuar, tapándome con una toalla corrí rápidamente hacia el corte de gas del calefón y cerré la llave de paso, después lo logré hasta las ventanas y las abrí de par en par, automáticamente corté las térmicas de luz y salí afuera del edificio.

Todo eso pasó tan rápido que aun no entiendo con qué velocidad lo logré, o cómo lo resolví de esa manera, no entiendo por qué a veces se dan un montón de sucesiones de hechos y de acciones, que nos desafían a dormir el sueño eterno, o a prevalecer de pie y rodillas, tampoco entiendo por qué ciertos libros nos suelen dormir en sus atrapantes historias, o por qué cerramos las puertas de noche, o por qué escucho jazz. Pero lo que más me revuelve la cabeza, es no entender por qué esa angustia aún reside, ese presentimiento de que algo está por explotar, o de que algo se me va a quebrar, esa sensación de tristeza premeditada, una esperanza de desesperanza, esperando ser recibida y concebida, abrazada, más allá de las tuberías de gas, más allá del calefón.


Nicolás Bella

miércoles, 30 de enero de 2013

Historia Costumbrista Comunitaria

Historia Costumbrista Comunitaria - Por Nicolás Bella y Carolina Navarro




A Rongano le urgía la situación, busco las pastillas del abuelo a ver si se calmaba un poco, pero estas estaban tocando en un recital en Berazategui, así que como alternativa se propuso tomar el sifón y mangoletearle sifones a los vecinos. Esto incomodó muchisimo a Carlos, que ya de por si venía bastante maloliento, y quiso, con todas sus fuerzas, quitarle el sifón a Rongano.
Rongano, al verse asediado por una situación que sobrepasaba los límites de su desasosiego, luego de forcejear violentamente por más o menos 3/4 de hora, logró arrebatarle el sifón a Carlos. Violenta e inescrupulosamente, accionó el sifón y largó un intenso chorro que fue a parar nada más ni nada menos que al flamante ojo de vidrio que Carlos estrenaba en esa situación.
Ebrio de ira y angustia por su ojo ensodado, Carlos sacó su pianola extrafalaria del bolsillo, y decidió exabruptar sus penas con una dulce melodía de barrios porteños, la "Cantata para Don Rimoldo", cuestión, esta música paralizó en su endulzamiento a Rongano, en lo que Carlos tomó su pianola y se la partió al medio en la cabeza, aprovechando el momento para huir con el sifón, ahora vacío, por lo cual no dudó en ir a la sifonería más cercana a rellenarlo de nuevo. Una vez en la sifonería el gordo Gumborna lo atendió y le ofreció una mordida de su sánguche de matambre con huevo frito, que carlos aceptó humildemente, ya que venía de varios días sin probar algo sólido.
"Tanto vagar en busca de sifones" -se dijo- "me olvidé de lo ESENCIAL" y salió corriendo, dejando al gordo Gumborna atónito y con el sifón en la mano. Gumborna no atinó a pronunciar palabra, sólo dijo para sus adentros mismos "Este Árlos..." (ya que era gangoso además de gordo) y meneó la cabeza. Mientras tanto, Carlos corría hacia la parada del 37, colectivo que lo dejaba en la esquina de su humilde morada, rogando que éste venga cuanto antes, ya que mientras saboreaba el sámbuche (como solía llamarlo) de matambre con huevo frito en aceites MAROLIO, recordó que había dejado las lentejas en el fuego.
Entonces supo que la decisión estaba tomada, ya no tenía vuelta atrás, las lentejas, retorno no tenían. En ese momento Carlos vió como un estigma clavado en su frente, que perdió todo control sobre si mismo y sus lentejas, que ya la vida le había jugado la buena, y que más alla de poder en sus manos tener el control, sobre el cigarro MARLBORO que se estaba fumando, ya nada podía ser hábil de sentido alguno. Los sifones, sámbuches, pastillas del abuelo, gangosos empedernidos y lentejas, poco le parecían ya parte de su incubitable vida de soñador y poeta concubino, así que se decidió a caer en sus húmeros, y sentarse a esperar la muerte. 
Cuando de repente, sucedió lo inesperado. "Toc... toc - toc" retumbó vergonzozsamente la puerta. Carlos se sintió indeciso, no sabía si abrir o no, sintiéndose destinado al lúgubre abrazo del encapuchado esqueleto, mas algo en su poco esperanzado corazón le impulsó a abrir su PUERTA PENTÁGONO, como si el destino hubiese cambiado de un momento a otro, dejándole una pizca de pimienta al lado de este delicioso -mas en ocasiones amargo- plato que es la vida. Y al abrir la puerta, allí estaba Lisia... Esa mujer que tanto esperaba, la que supo ser su vecinita del frente, la que lo tenía locoloto, la que fue destinataria de largas y largas noches de autolujuria bajosabanal, con la cual había pasado mil noches de placer a pesar de no conocerla, Lisia la Bonacleta, la rubia despampanante del 5to H, estaba en el umbral de su posada, sosteniendo una compotera.
-Hola Carlos, vengo a decirte la verdad... - dice Lisia, con un tono sobrecogedor y bajomesada.
-Hola, no puedo creer que esto esté pasando, te esperé por años, ¿para qué traes esa compotera? - menciona Carlos, atónito y agrónomo ante el espectacular sucedendo;
-Es que, ya no aguantaba más Carlos, hoy mismo vengo a decirte, que te... - enredepente una voz austera y semicírculo irrumpe en el pabellón 12, hogar de Carlos, ésta voz dice:
-Así que aquí estas, ¡Traidor! me dejaste con el sifón en banda, ¡Alcornóque, albuquerque! - se trataba de Rongano, que volvió de su coma 4 por el pianolazo en el marote, y venía en busca de venganza y frente para la victoria.
-¿Qué es esto? ¿Qué está pasando acá Carlos? ¿Quién es Rongano? - hete aquí, Lisia la Bonacleta, cometió la metedura de pata de su vida, al nombrar a Rongano, antes de su presentación, a lo que Carlos comenzó a dubitatitar.
-¿Cómo? ¿Ya se conocían? ¿Me podés explicar qué está pasando acá? ¿Y por qué tenes una compotera en la mano? - exclama frondosamente Carlos, ya en ese momento exaltado y revitalizado de sus ánsias de muritambre.
-Yo te voy a explicar qué pasa acá gilastro, lo que pasa es que yo y Lisia somos pareja, sí, chupáte esa mandarina, y la compotera es para... - en ese momento, irrumpe una voz desde afuera de la casa.
-Jaa, que hacen manga de mamertos, vengo a reclamar lo que es mío, mamita, vení para acá, hoy tengo buen aliento, me cepillé los dientes con COLGATE MAX WHITENING, CONTROL SARRO, ¡vení dame un beso! - era el gordo Gumborna, quien agarró exabruptamente a Lisia por la espalda, y en un nido de pasión y panamá la besó sistematicamente, mientras, sin entender nada, Rongano, Carlos y Juan Paolo Di Cresta Pank (un tipo que todo el tiempo estuvo sentado al costado, observando atentamente la escena en silencio) se miraban atónitos, pensando: -¿Qué carajomierdas está sucediendo frente a nuestras naripzas? Con un tono italiano, típico del barrio de La Boca de aquellos días.
Cuando escucharon apstractos un aplauso detonador que sonaba "Clap.... Clap... Clap..." Se dieron vuelta sobre su propio cuerpo disinmaltado y vieron al antes no notado Juan Paolo Di Cresta Pank parado sobre sus patas de palo y chapa (ya que había perdido sus piernas en la boca de un cocodrilo en el pogo de Flema allá por el milochoscientoscuarentaypico, cuando todavía eran dichos reptiles los que cuidaban que la gente no se pase de la valla) irónico, con una mirada caradiforme sobre las caras indispuestas de Carlos, Lisia, Gumborna y Rongano.
-Excelente. Divino. Calapduptuoso - prosiguió. ¿A ustedes les parece? Qué barbaridad... Esto ya no es humano, esto es bestial, decepcionante, astingente.- Todos bajaron la cabeza... Que UN PANKI les diga que ALGO es inaceptable... Era tú mach.
Juan Paolo siguió: - De todos los quilombos que me esperaba presenciar en un conventillo, este es el más inesperante.
- Pero escúcheme una cosa - dijo Lisia - yo no puedo elegir, soy muy indecisa, muy destravagante, ¡¡muy indecisiente!! Tengo a Gumborna, cuyo aliento ya no huele más a guiso de lentejas con chorizo colorado; tengo a Rongano, un sifonero de aquellos; tengo a Carlos, que me siguió apasionada e incansablemente por los siglos de los siglos (amén) y yo jamás lo noté, quiero darle una oportunidad pero me encuentro en este indiscutible predicamento de tener que elegir entre tres machos cabríos ebrios de sexo y astrumaturba... ¡¡¿Qué puedo yo hacer, oh, sabio y dichoso Juan Paolo!!?"
Juan Paolo, reaborchándose la brageta a post toquetum di tutto IL penissimo, mira fijamente y clava la mirada sin perder su inconsitud sobre la otra y primosa mirada de Lisia, ahora La Cocamona. El cuadrángulo amoroso que apellaba tristoneante a los cinco, ahora iba a llegar a su conclusión...
-Creo que se les va la mano muchachos, se olvidan de la moral, de la ética, de la Mónica. Frenen el tren, ésta cresta que tengo encima no es por nada, me la gané con el respeto y el reconocimiento de mis colegas, cuando en mis viejas épocas salía con el palote a romper vidrieras y tirar televisores por la borda de los Titanics. Sépan que la convivencia y el amor fraudulento son las bases de nuestro amado simposio renal que es la vida del obrero argentino... Que sepan disculparme los antiguos sabios, si por cheverónte, he pecado.
Con estas palabras, todos los presentes, tanto como los no regulares, echaron lágrimas al cielo, dispararon su metecréfa, y toda su humanidad incunsindada en pasión y tambor, comprendieron que lo que hacían era en vano, y que no había sifón en la tierra, que acompañe a mejor vino, que la amistad del TELEKINO, ensimismados y extrovertidos ahora, los siete se abrazaron, besaron, toquetearon, y remasterizaron, unos a los otroses, se empadurnaron y vitrificaron como si nunca la hubieran insertado.
Así, el día terminó en son de paz, todos comiendo en la mesa familiar de Rongano, sentados en cuclillas, pantorrillas y con un dedo del pie derecho apuntando al sur, brindando por un mejor y más lujurioso y ponumenante mañana, lleno de flores, colores y poemas, lleno de jarras de jugo TANG y de cálidos soles mañaneros, tomando mate con yerba mate TARAGÜÍ, disfrutando juntos de que la vida es cosa buena, y a otra cosa Magdalena.
Al final del día, Vicente López Borrego, un señor muy amigo de Darío Loquefuera, una amistad lejana de Humberto Ambrosio, el mejor compañero de aula de primer grado de Lisia, levantó la copa de FRESITA para decir unas palabras:
- Hicos, Hodas éstas experienjias hé viví hon untédeh, la he bhasado hárbaro, Iéro he sepan, he ojo por ojo es hejentihuatro.-
Y así fue como la orgía y la organigrama se desató por el convento del pabellón 31, el hogar que Sofóvich eligiría para vivir años después, sin siquiera enterarse de la existencia de tan italoamericanenses, apaciguantes y bonachones seres como fueron Rongano "El Sifonero", Gumborna "El Gordo Gangoso", Carlos "El Sifonmaníacodepresivo", Lisia "La Rubia Mireya Trolla y Poligámica" y Juan Paolo di Cresta Pank "El Sabio Panki Bipolar Trastornado con pata de palo y chapa II".
No fue hasta aquel soleado y querellantemente rocioso día en el que, buscando su propia pata de palo, Gerardito, como lo llamaba su abuela Lisia (quien, habiendo envenenado a sus cuatro maridos en reiteradas pero no paulatinas sino escarlatinas y sucesivas ocasiones quedóse embarazada de un rabino bien conocido como Leonardo Sofovich The Third), encontróse esta historia en un cuaderno AMÉRICA de la misma, y pidióle que se lo lea.
Y Colorín Colorete, este cuento con chiflete se me escapa por el ojete.


Conventillo histórico conservado como museo por los habitantes de La Boca y personajes principales y jamás aparecidos.
Carlos, Gumborna y Rongano, en pleno acto.
Los sifones.

Este cuento fue creado en proeza de serinilización, a modo de cántico, en pluscuamperfecto, estilo lo que se dice, cadáver exquisito, pero sin sal, por Carolina Navarro y Nicolás Bella, y se encuentra bajo la licencia del licenciado de las licuadoras portátiles asesinas.